La cobardía y el honor en los ejércitos flexibles

En el tiempo del individualismo cuidar la patria es algo que debe enseñarse con mucha sensibilidad y sutilezas; porque ello es igual que cuidar la casa ajena, la casa de los otros. A nadie se le entrena para cuidar su propia casa y todos sabemos cuidarla con tenacidad. Cuidar nuestra casa es una respuesta intuitiva, tan natural como lanzar la mano contra nuestra propia integridad para matar un zancudo que se no acerca.

Por: Guillermo Linero Montes

Cuando alguien dice que los ejércitos deben ser letales, es porque tiene por seguro que ni él ni los suyos correrán la suerte de ser llamados a las filas de ningún ejército. Es decir, tienen la certeza de que no se les pondrá en el dilema de actuar honorífica o cobardemente. Con todo, un ciudadano corriente encontrará en ello mayores visos de cobardía que de valentía; porque entre ejércitos letales es claro que las consecuencias atroces son tan previsibles como de ida y vuelta.

En el tiempo del individualismo cuidar la patria es algo que debe enseñarse con mucha sensibilidad y sutilezas; porque ello es igual que cuidar la casa ajena, la casa de los otros. A nadie se le entrena para cuidar su propia casa y todos sabemos cuidarla con tenacidad. Cuidar nuestra casa es una respuesta intuitiva, tan natural como lanzar la mano contra nuestra propia integridad para matar un zancudo que se no acerca. Si a alguien se le pellizca a traición, por ejemplo, la reacción refleja no se deja esperar y es una sola: defenderse físicamente apartando con brusquedad aquello que lo afecta.

En efecto, existe una genética de la memoria que nos hace reaccionar de modo irracional ante estímulos que histórica y naturalmente hemos aprendido en su condición de peligrosos o desagradables. El roce de algo que se desliza sobre tu piel como una serpiente; el aterrizaje en el cuello de un minúsculo objeto, semejante al de un insecto cuya picada podría eliminarte; la intempestiva necesidad de aguantar algo que te cae y que podría aplastarte o quizás reducirte y hacerte su presa (piensa en la caída de un árbol o en el ataque de una fiera); cuando hacemos contacto con algo demasiado caliente; cuando corremos porque alguien descontextualizado de la normalidad hace tiros a diestra y siniestra o cuando corremos montaña arriba al escuchar el estruendo de una avalancha que se avecina; siempre, cuando eso ocurre, respondemos de manera refleja apartándonos de aquello o apartándolo de nosotros. Una suerte de “Estado de necesidad”, como se llama en derecho penal a la causa eximente de responsabilidad criminal.

En uno y otro de estos casos, nadie puede hablar de valentía del sujeto, si sus reacciones estuvieron cargadas de respuesta a lo inadvertido, de sorpresa o emboscada, y menos si su respuesta no fue producto de su plena conciencia. Pero, si alguien, ante una situación semejante no se le acciona el reflejo de supervivencia, entonces tampoco podría tildársele de cobarde, precisamente porque no hubo espacio para la toma de conciencia, ni para la racionalidad.

En ambas respuestas reflejas, repito que irracionales, no se puede ser dueño de la conciencia y por lo tanto tampoco se puede ser responsable de los actos cometidos bajo tal efecto. No es justo denominar de cobarde a quien su impulso animal no le trasmitió estímulos reflejos de respuesta distintos a quedarse paralizado, ni tampoco es necesario tildar de valiente a quien se los dio en demasía.

Por mi parte siempre defenderé la tesis de que ante un poder invencible la mejor respuesta siempre será la rendición. ¡Adiós, adiós! a los eslogan de patria o muerte, mientras en las guerras sólo se exponga la vida de soldados y de milicianos y no la de quienes los gobiernan y las de los suyos.

En la lógica de las sensateces, mientras el servicio militar sea obligatorio, paradójicamente, nadie debería estar obligado a responder espontáneamente ante un ataque sorpresa del enemigo; porque la obligatoriedad con los otros no existe si está de por medio tu supervivencia. Entonces, ¿qué tipo de soldado debemos preparar? La respuesta quizás esté en los comportamientos de los ejércitos actuales que al decir del politólogo estadounidense Samuel Huntington[1], están discriminados en dos concepciones de la organización militar: una que propende por los imperativos funcionales (referentes al control civil, liderado por los mandos militares) y la otra que lo hace por los imperativos sociales (referentes a la necesidad de la seguridad militar, liderada por líderes políticos).

De estas dos concepciones acerca del carácter de los ejércitos contemporáneos, sin duda la más acogida por los estados es la de los “imperativos funcionales”; porque de escoger la de los “imperativos sociales” tendrían que desmontar los hábitos, las costumbres y las normas que hacen de los soldados unos seres dispuestos al salto y al asalto y nunca dispuestos al abrazo, como bien lo promueve el ejército en sus vallas y campañas publicitarias de reclutamiento.

De modo que si la tendencia actual es la de formar ejércitos flexibles; es decir, concordantes con los intereses e imperativos sociales, es natural que -también en un acto reflejo- así como no cambiamos “la bolsa” por “la vida”, tampoco le exijamos a nuestros soldados que cambien “la vida” por “el honor”. En el tiempo de los ejércitos flexibles “la preocupación principal de los comandantes no es ya el mantenimiento de una disciplina rígida, sino la conservación de elevados niveles de iniciativa y moral”[2].

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